Occidente, gran morada de los estultos


                       Sean Connery ensayando su swing en el Mare Estultorum de nuestro satélite                               

   

Acabo de escuchar en un podcast de "ciencia" a un tipo que se hace pasar por divulgador científico (toco madera), afirmando textualmente que la misiones Apolo fueron un milagro, en el sentido que vincula el término con la  chiripa y que el vector Saturno V no es replicable porque no cumpliría con las medidas de seguridad actuales. Más o menos como el SEAT 1500, vaya. Es la nueva frontera del debunking: la manipulación del lenguaje es evidente para cualquiera que mantenga dos neuronas en mediano funcionamiento. Saturno V es obviamente perfectamente replicable, sólo que nosotros no lo aceptaríamos como un vector espacial con garantías. Sea como fuere, sigo sin ver el sentido de sacar el tema de una réplica de Saturno V si no para justificar la falta de éxito actual de Artemis sugiriendo que la misma es debida a los "elevadísimos estándares de seguridad" actuales. La que no se inventen estos pájaros.  O sea que entre 1969 y 1972, una potra redundante y el éxito se dieron la mano en forma inapelable. En diciembre del 72 el avezado (y estadounidense) jugador de póker cósmico supo que era el momento de retirarse y aparcó  su SEAT 1500 cubriéndolo para siempre con un toldo marca Acme, justo antes de que la hybris lo condenara a convertise en un asteroide de elegantes tonos argentados ¿Y cómo podría uno, digo yo,  llevarle la contraria a la diosa fortuna? Sobre todo llamándose el ganso espacial, Apolo. O sea, para los no duchos en mitologías, un hermanísimo de primer orden en el terreno de las divinidades griegas.

Jo, qué potra, qué ojo tenían en los 70 teniendo en cuenta que en 1986 y 2003, cuando eran mucho más inteligentes y avanzados (ya existía el Renault 21)  dos Shuttle explotaron con sus tripulaciones, dejándonos a todos ante los receptores con cara de Joe Biden. Obviamente a los dioses griegos, después de Mercury y Apolo, que se abandonara la nomenclatura helénica, se les atravesó más que un hueso de aceituna de Tesalia. 

Juro por mi madre que no me lo voy a tomar en serio. Es más, propongo que la NASA sea considerada un firme candidato a la beatificación, pues lejos de cumplir el consabido milagro, despreciando los minimalismos de tantos antecesores de mayor renombre, nos regaló cinco para que su santidad no pudiese ser puesta en duda por soviético alguno ni por enemigo genérico del sagrado "destino manifiesto". Aleluya. 

Hoy me siento en vena de metáforas.

Si un vecino, hombre de maneras algo presuntuosas conocido en el barrio por varias trifulcas, nos dijera que ha recorrido a todo gas en su viejo SEAT 600 de 1972 la distancia que separa Barcelona de Madrid, ida y vuelta sin sufrir percance ni retraso, frunciríamos el ceño. Si a renglón seguido afirmara haberlo conseguido 5 veces en un breve periodo de tiempo, nos concederíamos a nosotros mismos que la tentación de creerle se ha refugiado de repente tras un número inusitadamente elevado de chatos de vino. Todavía sobrios, interrogamos con el fin de saber qué se le había perdido en Madrid y el taimado nos responde que a él Madrid no le interesa, que es lejano y ofrece un tapeo deficiente, pero es que el vecino del tercero (comunista por si llegados a este punto se han perdido) ha llegado a Igualada con su Biscúter y de eso ni hablar; que tenía que darle una lección ¿No les arrancaría una carcajada? 

Será miopía gorda la mía, pero yo no alcanzo a ver la diferencia entre lo uno y lo otro: entre el milagro espacial de los alunizajes imposibles y el milagro utilitario que acabo de describir.

Será que soy yo el raro. 

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